XXXVI Maratón de Sevilla

Empecé a tener malas sensaciones cuando el sábado a las nueve de la noche llegué al hotel y noté las tripas en mal estado. Fui al servicio y parece que las tripas se calmaron un poco. No sabía, aunque había la posibilidad, que me iban a dar guerra al día siguiente.

A las 5:45 sonó el despertador, me levanté, me disfracé de corredor y bajé a desayunar. A las seis abrían el comedor y cuando yo bajé, tres minutos más tarde, ya había gente desayunando. Desayuné un poco más de lo habitual y media hora más tarde subía de nuevo a la habitación a lavarme los dientes, soltar lastre y sobre las siete salía del hotel rumbo al puente de San Telmo donde se suponía pasaba un autobús lanzadera a la salida, pero después de esperar un rato en la parada pasó un autobús al que pregunté lo de la lanzadera y me dijo que no sabía nada, pero que si quería cruzar el puente que montara. Al fin el autobús sólo sirvió para cruzar el puente porque desde ahí tuve que ir andando a la salida.

A las 7:40 me puse a hacer cola en los servicios y mientras esperaba pensaba que aunque hacía fresquito a esas horas era casi seguro que iba a pasar calor durante la carrera, ya que los días anteriores habían sido bastante calurosos en Sevilla. Después de veinte minutos de espera por fin conseguí entrar en un servicio y para mi desgracia comprobé que estaba realmente asqueroso y no puede aliviarme convenientemente.

Ya quedaba menos de media hora y todavía tenía que buscar el ropero, cambiarme, dejar la bolsa y buscar el corralito que me había correspondido, que era el de color naranja donde nos agrupábamos aquellos que pensábamos podíamos hacer la carrera entre 3h15 y 3h30.

No estuve mucho tiempo en el corralito porque desde el ropero hasta allí había un buen paseo, así que al poco dieron la salida y aluciné porque nada más empezar había un tipo que iba corriendo en sentido inverso a la marcha. Según leí después le habían pisado y había perdido la zapatilla y andaba en su búsqueda.

Para atacar las tres horas y media la idea era ir rebajando segundos al ritmo de cinco minutos al menos hasta el kilómetro 30 o alguno más y luego tratar de sumar los menos posibles, así que traté de ponerme a un ritmo crucero de 4:50 y ver hasta donde podía llegar. Un poco delante de mí iban los globos de 3h30 y como siempre, iban formando un buen tapón acrecentado con unos tipos con carrito que iban a su vera. Resultaba complicado poder adelantarlos. Por la zona de la Cartuja, pasado el kilómetro seis aceleré el paso y por fin pude dejar atrás el tapón.

Me veía fuerte y con buenas sensaciones, pero pasado el kilómetro ocho empecé a notar la tripa algo revuelta, me daban retortijones y pensé que si no se pasaban iba a necesitar un servicio para aliviar las molestias. Quizás en el kilómetro diez encontrara alguno, pero llegó ese punto kilométrico y no vi nada y la tripa seguía molestando, aunque me daba algunos momentos de tregua. Supuse que algún servicio encontraría…

Cuando pasé por el kilómetro diez miré el reloj y vi que llevaba un poco menos de 49 minutos por lo que pensé que ya había «ganado» al crono casi un minuto. La cosa marchaba aunque las molestias en la tripa seguían. En el quince el crono marcaba poco más de 1h13 por lo que ya llevaba casi dos minutos de ventaja; sin embargo, ya notaba que iba haciendo más calor de lo que me hubiese gustado.

Pasé la media maratón con 1:42:48 por lo que ya había ganado 2:12, pero seguía sin encontrar un servicio donde soltar lastre, la cosa me estaba empezando a mosquear. Poco después de la media había una chica con un cartel que ponía que lo tocase para recibir energía extra y funcionó el efecto placebo porque aceleré el paso casi sin querer. Por esa zona se levantó un poco el viento y traté de acoplarme a algún grupo para refugiarme, por lo que fui un rato agazapado, esperando un cambio de dirección para seguir a mi ritmo.

El siguiente paso donde comprobé el tiempo fue en el kilómetro 25 y allí vi que el tiempo que llevaba era bueno, ya llevaba más de tres minutos de adelanto sobre el ritmo de cinco minutos que me hubiese llevado a las tres horas y media. Y los servicios seguían sin aparecer…

Había puestos de hidratación cada 2,5 kilómetros o cosa así donde ofrecían agua y Aquarius, pero no me atreví con la bebida refrescante no fuese a ser que la cosa empeorara. En unos de los puestos cogí un vaso de agua y al tratar de beber se me cayó parte del agua encima, sobre la teta derecha, eso provocó que se despegara la tirita y que empezase a rozar el pezón con la camiseta. Es lo que tiene beber en vaso, que las probabilidades que se derrame el agua son notables.

En el kilómetro 30 me esperaba una buena amiga que iba a hacer conmigo esos últimos 12 kilómetros. No sé si fue casualidad, pero ese kilómetro fue el primero en el que no resté segundos, ya que lo hice en 5:01, pero el tiempo global seguía siendo bueno ya que llevaba 2:26:19, ¡casi cuatro minutos de ventaja! Mis cálculos eran que si llegaba el cansancio podía aguantar un ritmo de 5:30 hasta el final porque en ese punto iba cansado, pero no me veía mal del todo.

El siguiente se me fue un par de segundos, pero en el 32 volví a bajar de los cinco; sin embargo fue el canto del cisne porque a partir de ahí todo fue empeorar: 5:08, 5:23, 5:48, 6:08 y 6:35 en el kilómetro 37. En esos kilómetros me adelantó una chica que iba con las mallas manchadas de marrón, sospecho que al igual que yo tampoco había encontrado los servicios y ella no había podido aguantarse. Después vi a dos más con el mismo problema.

En el 37 ya iba muy cansado, los gemelos parecía que me iban a reventar, la tripa seguía molestándome y el puente del pie izquierdo también me dolía mogollón, así que viendo que el ritmo de carrera era ya ridículo opté por ponerme a andar para ver si recuperaba algo. Estuve andando unos quinientos metros, paré para aflojar el cordón de la zapatilla, anduve otro poco y volví a ponerme en marcha pasada la basílica de la Macarena. Tampoco es que fuera a la velocidad del viento, pero al menos iba por debajo de siete minutos, que algo es algo. Por la zona de la Alameda de Hércules de nuevo volví a ponerme a andar, esta vez sintiéndome seco como la mojama. La amiga que me acompañaba trató de buscarme agua, buscando algún puesto de avituallamiento o alguna tienda para comprar una botella.

Al pasar por el ayuntamiento me puse de nuevo a correr con la esperanza de llegar a meta corriendo aunque fuese al trote cochinero y parece que me recuperé un poco porque hice esos dos últimos kilómetros decentemente… para como iba, de hecho en la foto parece que voy hasta bien.

Llegando a meta

Llegué a meta cuando el reloj marcaba 3h47, pero como pasé por la salida prácticamente con dos minutos de retraso, acabé con un tiempo oficial neto de 3:45:32, tiempo muy alejado de mis pretensiones, pero la maratón pone a cada uno en su sitio.

Nada más pasar la línea de meta me puse a ingerir todo tipo de líquidos porque me notaba un tanto deshidratado. Cogí la ropa y salí a buscar a la amiga que me había acompañado. Cuando la encontré me hizo una bonita foto.

Después de acabar la carrera, algo recuperado del esfuerzo

Me tocó volver andando al hotel, situado a casi tres kilómetros de la meta y aunque al principio andaba cual Robocop, poco a poco se me fue pasando el dolor en el pie y pude marchar más o menos normal, quizás me vino bien el paseo. Por la tarde notaba las piernas bastante bien y hoy lunes por la mañana cuando escribo estas líneas excepto el dolor en el pie noto los músculos bastante bien, de hecho subo y bajo escaleras con normalidad. Ahora toca analizar el motivo por el que pegué ese petardazo tan brutal.

Parece que la maratón fue un éxito rotundo al menos para los atletas de élite. Se batió el récord de la carrera masculino por parte de Mekuant Ayenew con 2:04:46, el récord femenino por parte de Juliet Chekwel con 2:23:13 y a demás el primer español, Javi Guerra, hizo la tercera mejor marca española de todos los tiempos con 2:07:28. Lo dicho todo un éxito.

Para mí la organización estuvo realmente mal. No vi servicios en ningún punto del recorrido y los puestos de sanidad eran escasísimos. Ni hablo ya de la gente que ves en Madrid en patines que te proporcionan vaselina o Reflex. Si lo comparo con la maratón de Madrid, en ese aspecto no le llega ni a la suela de los zapatos. Muy raro que me vuelvan a ver otra vez en la maratón de Sevilla.

XXI Media maratón de Getafe

Hoy he participado seis años después, también un 26 de enero, en la media maratón de Getafe. Igual que hace seis años como una prueba para la maratón que está a la vuelta de la esquina.

Como la carrera comenzaba a las 10:30 había quedado con Miguel a las 9:00 en la puerta de su casa para recogerle y cinco minutos después con Quique para recogerle cerca de su casa. Antes de las 9:30 estábamos aparcando cerca del polideportivo Juan de la Cierva donde está ubicado el ropero y termina la carrera y muy cerca de la salida.

Fuimos paseando hasta allí y antes de dejar las cosas en el ropero nos dio tiempo a hacer nuestras necesidades, tomar un café y encontrar a Ana con la que nos hicimos esta bonita foto.

Cuatro pradolongueros en Getafe

Después de la foto dejamos la ropa en el ropero, todo rapidísimo, y salimos a la Avenida don Juan de Borbón donde está instalada la salida para calentar un poco. Ahí me di cuenta que había olvidado la gorra en el bolsa y que hacía sol. Me dio un poco de mal rollo, pero ya no había nada que hacer. Faltando diez minutos nos metimos en nuestros corralitos. Miguel y yo en el sub 1h30 y Quique en el sub 1h24. Estiré un poco mientras esperaba que dieran la salida y un minuto más tarde de las 10:31 comenzó la prueba.

Vistos los tiempos de las carreras anteriores y los entrenos, tenía en la cabeza hacer 1h35, lo que suponía ir a 4:30 cada uno de los kilómetros, por eso cuando completé con Miguel el primer kilómetro y vi que había hecho 4:16 decidí aflojar un poco y dejar que mi tocayo se fuese por delante, de este modo los dos iríamos más cómodos.

Poco después me adelantó Chema, antiguo compañero de MaraTI+D, con el que estuve conversando un ratito. Me preguntó que cuanto pensaba hacer, le dije que 1h35 y él me dijo que por ahí o más. No me creí nada porque le vi muy bien y de hecho se alejó enseguida con insultante facilidad.

El añadido que hicieron para que la carrera sólo diese una vuelta es un poco aburrido y lo recordaba con animación cero, pero este año había alguna que otra persona animando. Iba controlando el reloj y veía que el ritmo era el previsto ya que marcaba sobre 4:27, por lo que teniendo en cuenta el error del GPS era más o menos los 4:30 que tenía en mente. Me cercioré que el ritmo era bueno cuando pasé por el primer tercio (kilómetro 7) y vi que el cronómetro marcaba algo menos de 31:30. Durante esos kilómetros iba viendo un globo que supuse era el de 1h35 y efectivamente cuando llegué a su altura vi que era ese tiempo, pero como no me gustan nada los globos, lo adelanté en cuanto pude, sobre el kilómetro nueve más o menos, pero no me alejé mucho de ellos porque de vez en cuando algún espectador decía algo sobre el globo justo a mi altura, por lo que debía ir sólo unos pocos metros por delante.

Ya saliendo de ese tramo por la zona de Los molinos, pasando por debajo de las vías del tren el administrador de la página forofosdelrunning.com me hizo esta bonita foto. No sólo a mí, sino a todo bicho viviente que pasaba por allí y se ponía a la altura de su cámara.

Cerca del kilómetro 10, foto cortesía de forofosdelrunning.com

Seguí a mi ritmo, pero los del globo debieron apretar porque antes de llegar al kilómetro 13 me pasaron. Miré el reloj y vi que mi ritmo era bueno por lo que no quise darme el calentón para seguirlos y seguí como iba. Pasé el kilómetro 14 y vi que el cronómetro marcó menos de 1h03 que era el tiempo de paso de 4:30. La cosa marchaba, pero las piernas ya iban pesando, de hecho fue el kilómetro 16 el primero que hice por encima de 4:30, pero pensé que los cuatro segundos más se compensaban con otros muchos que había hecho por debajo.

Poco después del kilómetro 17 empieza un tramo que me resulta muy desagradable porque está adoquinado y los pies ya van un poco machacados. Ya había perdido de vista al globo de 1h35 y traté de no alejarme de una pareja de corredores vestidos de negro que en su espalda llevaban el nombre de RAULETE y GÁNDARA. Vi que su ritmo era más o menos el mío y no los quise perder. El 18, el 19 y el 20 también estuvieron por encima de 4:30, pero ya quedaba poca cosa y además favorable, por lo que aguanté como pude hasta que comenzó al cuesta abajo donde está instalada la salida y pude aumentar un poco el ritmo, tampoco mucho. En esa cuesta abajo de nuevo el administrador de forofosdelrunning.com estaba haciendo fotos. Se ve en mi cara que iba ya a tope.

A punto de entrar en el polideportivo, foto cortesía también de forofosdelrunning.com

Ya sólo quedaba entrar en el polideportivo, llegar a la pista de atletismo y completar el último cien. Lo hice a buen ritmo, aunque tampoco estaba para muchos trotes. Llegué a meta con un tiempo de 1:35:04 según mi reloj aunque la organización me da un tiempo oficial de 1:34:58. Justo el tiempo que tenía en mente. Bastante contento porque hice la carrera que quería y encima demuestra que voy mejorando con el entrenamiento porque hice siete minutos que en la anterior media.

Ya me estaban esperando mis compañeros cuando llegué. Miguel llegó con un tiempo de 1:32:47 y Quique hizo 1:23:50. Ellos se quejaban mucho de sus isquios, pero yo llegué muscularmente perfecto, sólo con dolor de pies.

La organización de la carrera me pareció perfecta, aunque no me gustó nada lo de tener que recoger el dorsal días antes. Decir que me costó la inscripción 19,70 € que no es precisamente un regalo.

XII Carrera de Reyes de Yuncler

Hoy por quinta vez me he acercado a Yuncler para participar en la carrera popular que allí organizan. Alguien puede pensar que me acerqué a correr, pero la carrera era simplemente una excusa para comer huevos fritos con migas acompañados de una cerveza. Bueno, no es cierto del todo, que también me tomé en serio aquello del correr.

Habíamos quedado un nutrido número del Club Atletismo Zofío en el punto de encuentro habitual a las 9:30 de la mañana, ya que la carrera daba comienzo a las 11. Como siempre, llegué un minuto o dos tarde, cuando ya estaban allí casi todos. No tardaron en venir los dos que faltaban, por lo que rápidamente pusimos rumbo a Yuncler, una pequeña localidad toledana situada a medio camino entre Madrid y Toledo.

Según íbamos acercándonos vimos que la temperatura iba disminuyendo, hasta alcanzar valores por debajo de cero; sin embargo al entrar en la localidad el termómetro andaba cerca de un grado sobre cero. Fresquito de todos modos y con un poco de niebla. Teníamos la esperanza de que el refrán aquel que dice «mañanita de niebla, tarde de paseo» no se cumpliera del todo y mejorara el tiempo según se acercara la hora de salida. Y efectivamente la niebla se retiró, salió el sol, pero aún así hacía fresco.

Había cola para recoger el dorsal, pero tampoco exagerada, por lo que en cinco minutos estábamos con el dorsal en la mano. Aproveché para ir al servicio y cuando salí nos hicimos una bonita foto que deja constancia del gran número de compañeros que participamos en la prueba.

El Club Atletismo Zofío bien representado en Yuncler

Nos acercamos al coche para cambiarnos y nos pusimos a tratar de calentar un poco por la calle donde está situada la salida y la meta, que no es otra que la calle Trafalgar. Al igual que otros tantos cientos, recorrimos la calle arriba y abajo tratando de que los músculos entraran en calor y subieran un poco las pulsaciones.

Faltando pocos minutos para las once de la mañana nos situamos Quique, Joaquín, Miguel y yo no muy lejos de la línea de salida. Dieron el pistoletazo de salida y Quique salió como alma que lleva el diablo. Miguel tampoco le fue a la zaga y Juan Carlos, el amigo del Club Atletismo Leganés también salió veloz, como en Villaverde. Yo salí sin demasiadas pretensiones pensando que Joaquín se quedaría atrás y me tocaría hacer solo los casi ocho kilómetros de la prueba. Es por ello que me llevé una grata sorpresa cuando un poco antes de subir la calle Greco vi a mi lado a Joaquín. Pensé que no iba a durar junto a mí porque me había comentado que no andaba muy fino ya que acababa de salir de un catarro.

Subimos la calle Greco a buen ritmo y comenzamos a bajar lo subido cuando se cumplió el primer kilómetro. Miré el crono y vi que lo habíamos hecho en 4:15 que era más o menos el ritmo que pensaba podía seguir durante la carrera. Bajamos a la calle Ramón y Cajal para conectar con el Paseo del Prado donde subimos la segunda cuesta de la jornada, la subida a la iglesia, que frescos como íbamos subimos también a buen ritmo adelantando al personal que habían salido muy deprisa y ahora iban buscando su ritmo de carrera.

Cuando se sale del casco urbano del pueblo se ve una recta larguísima que acaba con un giro a la derecha. Miraba a lo lejos buscando la camiseta azul de Miguel por si no nos sacaba mucho, pero no la veía; sin embargo sí vi la camiseta naranja del Club Atletismo Leganés de Juan Carlos y me extrañó que no anduviera más lejos. Luego me contó que tuvo un aviso muscular y que bajó el ritmo. Esta recta se hace larga y fue a mitad de recta cuando sonó el segundo kilómetro. De nuevo miré el crono y vi 4:23, ritmo que me pareció algo lento, pero el terreno no es sencillo porque habíamos subido la cuesta de la iglesia y después de un pequeño llano el terreno picaba para arriba sin descanso.

El tercer kilómetro se hace terminando la larga recta y haciendo unos cuantos giros para adentrarse en una zona de chalets donde hay más giros a izquierda y derecha, aunque el terreno es más llano. Ahí hicimos 4:18 y yo seguía asombrándome que Joaquín siguiera a mi lado como si tal cosa. Esto demuestra que estaba especialmente motivado porque el año pasado subió al cajón en esta carrera y este año quería volver a hacerlo.

El cuarto kilómetro, situado un poco más allá de la línea de meta, es el más favorable, por eso no me extrañó comprobar que fue el más rápido de todos los que llevábamos. Poco después se vuelve a afrontar la subida a la calle Greco y ya no subimos con tanta alegría como la primera vez, pero no lo hicimos mal del todo. Al coronar nos adelantó un tipo con perilla y Joaquín pensó que quizás pudiera ser de su categoría. Yo le miré y no me lo pareció, pero pensé que era una buena idea utilizar a este corredor como señuelo para que mi compañero no se aflojase el ritmo. Joaquín, competitivo donde los haya, se pegó a la estela de su contrincante y al poco volvió a ponerse por delante, vigilando por el rabillo del ojo por donde andaba el otro.

Hicimos por segunda vez la subida de la iglesia y mientras transitábamos por la recta larga se cumplió el sexto kilómetro. Joaquín dijo en ese momento que se le había acabado la gasolina, pero le animé diciendo que ya faltaban menos de dos kilómetros y que no iba a dejar que le ganara el corredor de la perilla. Poco después, al girar a la derecha eché un vistazo hacia atrás para ver por donde iba su rival. No estaba muy atrás, como a unos diez metros, por lo que apremié a mi compañero para que no se durmiera.

Hicimos el tránsito por los chalets y al salir de esa zona nos adelantaron dos chicos del Club Atletismo Leganés que nos sirvieron para engancharnos a ellos y aumentar el ritmo. Ya faltaba poco menos de un kilómetro y le comenté a Joaquín que había que darlo todo, que ya era terreno favorable hasta meta. Su contrincante seguí a cerca como pude comprobar al cruzar el arroyo, pero Joaquín ya olía la meta y no iba a permitir que nadie le arrebatar el pódium.

Llegamos con energía a la línea de meta dándolo todo y al echar un vistazo al reloj vi que habíamos hecho 33 minutos y pico, lo cual era el tiempo que pensaba podía realizar. Lo que no se me había pasado por la cabeza antes de la carrera es que Joaquín llegara a mi lado, lo cual demostró que es un auténtico campeón. Según la organización mi tiempo neto fue de 33:44 y el de Joaquín 33:43. Son más de dos minutos con respecto al año pasado, pero mi estado de forma es peor y mi peso es excesivo, así que contento.

Entrando en meta con Joaquín resoplando por el esfuerzo

Cogí una botella de agua y me fui a la búsqueda de una compañera de equipo que ha subido al cajón varios años en esta carrera. Cuando la encontré ya estaba cerca de meta y vi que había varias chicas que la perseguían, así que le dije que lo diera todo hasta meta por si en ese grupo perseguidor iba alguna de su categoría. La chica dio todo lo que pudo y pasó por la línea de meta con un tiempo oficial de 38:20 aunque un neto de seis segundos menos.

Una vez entraron todos los componentes del equipo estuvimos pensando si ducharnos o ponernos a comer migas con huevos fritos y al final optamos por la opción gastronómica, por lo que nos acercamos a los mostradores y cogimos un buen plato con dos huevos fritos y unas migas no muy bien conseguidas, muy apelmazadas y con más chorizo que pan. No me gustaron demasiado, pero no debe ser fácil hacer migas para tanta gente, así que disculpados quedan.

Degustando las migas con los huevos fritos y la cerveza

Otras veces han llevado los de Evedeport un monitor donde van poniendo la clasificación e incluso con tu dorsal te dicen el tiempo y el puesto, pero esta vez no había monitor y había que esperar a que sacaran las clasificaciones en papel, como toda la vida. Por algún extraño motivo esta vez tardaron bastante en sacar las clasificaciones y los dos compañeros que pensaban podían subir al pódium estaban nerviositos. Cuando por fin sacaron las clasificaciones pude ver que mi compañero Joaquín había sido segundo de su categoría y la otra compañera, también segunda. Un gran éxito del Club Atletismo Zofío en la carrera de Yuncler.

Segunda clasificada en la categoría de Veteranas B
Segundo clasificado en Veteranos C

Pero lo mejor de todo es que también dieron un premio al corredor más veterano de la carrera que fue don Emilio Rodríguez Pascual, corredor incombustible, que con sus 74 añazos aún sigue dando guerra… y lo que le queda. Todo un detalle de la organización premiar al más veterano.

Emilio también se subió al pódium

XL San Silvestre vicalvareña

Hoy se celebraba nada más y nada menos que la cuadragésima edición de la San Silvestre vicalvareña, sin duda una de las carreras más antiguas de las que se celebran en Madrid y ahí estuvimos unos cuantos del Club Atletismo Zofío celebrando el aniversario.

Como todos los años, ya que la carrera da comienzo a las 11:45, quedamos a las 10:00 en el punto de encuentro habitual, a la puerta del Parque de Pradolongo donde nos hicimos una bonita foto antes de salir.

No tardamos mucho en llegar al barrio de Vicálvaro donde pronto encontramos sitio para aparcar el coche, ya que aún quedaba bastante tiempo para que comenzara la prueba de los mayores. Fuimos paseando tranquilamente hasta el polideportivo Margot Moles mientras veíamos a los más pequeños volando por el asfalto aún helado, ya que la mañana había amanecido con una buena «pelona».

Recogimos los dorsales con relativa facilidad aunque el orden de las colas era un tanto aleatorio, nos cambiamos, dejamos la mochila en el ropero y antes de salir del pabellón nos pasamos por unas colchonetas donde estaban explicando la maniobra RCP con unos maniquíes al ritmo de la Macarena. Miramos todos con interés, pero algunos de los compañeros se animaron incluso a dar el masaje cardíaco.

Después de practicar un poco salimos a la calle del polideportivo donde subimos y bajamos unas cuantas veces. Faltando diez minutos nos acercamos al coche a dejar algo de ropa que aún manteníamos por aquello del frío, aunque a estas horas el sol calentaba un poco, pero por la sombra se notaba el frío.

Dejamos la ropa y fuimos hacia la salida e hicimos como los «buenos»… nos metimos por delante del pelotón, pero nos fuimos yendo hacia dentro en vez de quedarnos en primera línea. Estando allí esperando comentó José Luis que había oído por megafonía que la salida se retrasaba porque había volcado un camión lleno de melones. En un principio me lo tomé a broma, pero algo debió haber pasado porque dieron la salida siete minutos después.

Cuando dieron el pistoletazo de salida salí relativamente tranquilo porque no quería que me pasara lo ocurrido dos días antes, que salí muy fuerte y luego fui ahogado, por lo que miraba el reloj para no acelerarme, pero como la salida es cuesta abajo se me iban un poco las piernas, es por esto que fue el kilómetro más rápido de todos, que completé en 4:13.

Es la vicalvareña una carrera con prácticamente ninguna zona llana, todo es cuesta arriba o cuesta abajo, con más pendiente o con menos, pero poco, poco llano, por lo que es difícil mantener un ritmo constante. En las cuestas arriba se me iba el ritmo sobre 4:30 y en las cuestas abajo me acercaba a 4:15. Tampoco quería acelerar más porque aún recordaba esos kilómetros duros de Villaverde y no tenía ganas de pasarlo tan mal.

Lo dicho, fui regulando, yendo un poco más lento subiendo y un poco más rápido bajando, pero reconozco que el último kilómetro que transcurre por la misma calle donde bajamos al principio se me hizo duro, incluso un tipo disfrazado de Spiderman me adelantó; sin embargo, luego le adelanté yo porque aflojó su ritmo esperando a un par de niños.

Ya en la pista del polideportivo aceleré lo que pude y cuando atravesé la línea de meta observé que el reloj ya había pasado de los treinta y cinco minutos, que en un principio tenía pensado no sobrepasar, pero es lo que hay, tampoco me puedo quejar. Según la clasificación oficial mi tiempo fue de 35:16 con una distancia, según mi cronómetro, de algo más de ocho kilómetros, lo que parece indicar que sí está bien medida y que son realmente ocho kilómetros la distancia que se recorre.

Tuve el honor de ser el primero de los compañeros del Club Atletismo Zofío en llegar a meta, pero la que realmente triunfó fue la única fémina que vino con nosotros que se hizo con el tercer puesto de la categoría de súper veterana. Una auténtica campeona esta chica. Tuvo tiempo de darse una ducha y de subir al cajón como si no hubiese corrido.

El Club Atletismo Zofío bien representado en el podium

Y de este modo acabo el año 2019 como me gusta, corriendo.

¡Feliz Año Nuevo 2020!

IX San Silvestre de Villaverde Alto

Este año la representación del Club Atletismo Zofío ha sido escasa en esta carrera, justo al contrario que el número de participantes de la carrera, que ha crecido enormemente, de hecho la organización hablaba de 300 participantes.

Como la carrera se celebra cerca de casa y comenzaba a las doce de la mañana tampoco había que madrugar mucho, pero antes de la hora prevista me despertó mi despertador de cuatro patas, ya que antes de las nueve la gata empezó a arañar la puerta y me despertó. Como quedaban más de tres horas para la carrera me levanté y me llené la panza con un vaso de leche y un trozo de roscón. Nada, un desayuno de poca cosa…

A las once salí de casa y en diez minutos el coche estaba aparcado junto al parque Plata y Castañar donde se celebra la carrera. Fuimos a recoger al dorsal y vimos que estaba muy animado, había incluso una buena cola para recoger el dorsal. En unos minutos nos tocó recogerlo a cambio de 2 € que era el precio de las inscripciones por internet. Me extrañó que hubiese ropero, pero mi memoria es tan mala que tampoco puedo asegurar que no lo hubiese el año anterior. Estábamos cerca del ropero cuando apareció por allí Juanqui, el tercer miembro del equipo, y aprovechamos para hacernos una foto después de dejar la ropa y prendernos el dorsal. Como se puede ver en la foto, íbamos perfectamente uniformados con la camiseta del equipo.

Los tres componentes del Club Atletismo Zofío con un añadido

También andaba por allí Juan Carlos, del Club Atletismo Leganés, acompañado por unos cuantos compañeros y compañeras. Luego me di cuenta que Villaverde está muy cerca de Leganés y que incluso trotando podían haber llegado enseguida. Me dijo que estaba muy bien, cosa rara en un corredor que siempre ponen excusas de todos los colores, pero Juan Carlos dijo que muy bien y luego demostró que así era.

Estuvimos calentando con ellos porque su club es muy profesional y se preparan bien para la carrera y mientras lo hacíamos escuchamos por megafonía que la salida se retrasaba un poco porque aún quedaban muchos dorsales por retirar.

Así fue, serían las doce y diez cuando dieron la salida y yo salí como alma que lleva el diablo porque sabía que pronto se estrecha el camino y se forma un bonito embudo. Fue un error mayúsculo salir tan deprisa porque hice el primer kilómetro en 3:52 y ese ritmo alto me dejó la garganta «gorda» y lo pasé fatal el resto de la carrera. Ahora mismo no tengo las piernas ni pulmones para ir a ese ritmo y lo pagué bien pagado ese primer kilómetro.

En carrera no miré el crono, pero era obvio que iba muy deprisa por lo que aflojé el ritmo para no morir en el intento. Allí iba yo, pensando que era una desgracia que este año hubiesen aumentado la distancia hasta los cinco kilómetros cuando en anteriores ediciones se quedaban en tres y medio, pero no me quedaba más remedio que no hundirme y completar la prueba con la mayor dignidad posible. Adelanté a una chica muy jovencita y luego a otra también muy joven, aunque algo menos, pero luego ambas me adelantaron a mí y ya no fui capaz de alcanzarlas, iban francamente bien sobre todo la más joven.

Llegué a meta con un tiempo de 21:46 que no es para tirar para cohetes, pero que obviamente refleja mi estado de forma actual. Una vez que pincharon mi dorsal -como en los viejos tiempos- y que recogí una bolsa con una botella de agua y un plátano fui hacia la meta para ver si llegaba la compañera del equipo.

Y no tardó mucho en llegar, lo que indicaba que había ido a buen ritmo, marcando 24:27 cuando paró su cronómetro que fue algo después de la línea de meta. Este tiempo la sirvió para auparse al primer puesto de la categoría Máster 50. Mi amigo Juan Carlos, del Club Atletismo Leganés, que hizo una gran carrera se quedó a las puertas del cajón, ocupando el cuarto puesto de la misma categoría, pero de chicos.

Estuvimos hablando con la segunda clasificada en Máster 50, que estaba súper contenta porque decía que nunca había subido al cajón y me extrañó sobremanera que cuando la llamaron para la entrega de trofeos no apareciera, así que sólo subieron la compañera de club y Carmen, una gran atleta veterana del Club Atletismo Leganés.

Primera y tercera clasificada en Máster 50

Después de la carrera los tres miembros del Club Atletismo Zofío nos acercamos a un bar a tomarnos una cervecilla y brindar por el nuevo año que se avecina.

Brindando por el nuevo año con la placa conmemorativa de primera clasificada

Me ha encantado la infografía sobre la participación en la prueba que se ha currado la Asociación Vecinal la Incolora, los organizadores de la carrera. Es súper chula.

Infografía sobre la participación en la carrera

XVII Carrera del aceite

He acabado muy contento la carrera de mi pueblo. He hecho la peor marca de las últimas veces en las que he participado y estoy contento. Me ha salido pero que la del año pasado, que tenía barro para aburrir, y estoy contento. Está claro que la alegría son sensaciones puramente subjetivas y al contrario que el año pasado, este año ha sido de los buenos.

Llegué a mi pueblo sin ninguna pretensión porque los cuatro meses de parón me han sentado peor que nunca y aún no he llegado a estar ni medio bien, por eso lo único que me preocupaba cuando llegué era que el terreno no estuviera tan embarrado como el año anterior, que parecía patinaje en vez de atletismo. Aún parando en la panadería Manzanero, como todos los años a comprar mazapán, llegamos con una hora de antelación a Los Navalmorales. Aparcamos el coche junto a la notaría y fuimos andando hasta el silo donde retiramos nuestros dorsales. Volvimos al coche, dejamos algo de ropa y nos fuimos a dar una vuelta al circuito para ver cómo estaba. Se me puso una sonrisa de oreja a oreja al ver que el suelo estaba en buenas condiciones, algo húmedo, pero se podía correr perfectamente. Las lluvias de días anteriores no habían perjudicado en exceso el firme.

Dimos un par de vueltas, ya que cada una de ellas mide poco más de kilómetro y medio y vimos a las hermanas Rey, las hijas de Julio Rey y Vanessa Veiga, también calentando y a buen ritmo. Al verlas tan jovencitas me extrañó que anduvieran calentando y no compitiendo, ya que las categorías de los más pequeños se celebraban antes de las 11 que era la hora fijada para los adultos.

Después del calentamiento me encontré con Marta, una amiga de mi hermana, a la que saludamos. Andaba por allí ya que su hijo corría. ¡Saludos Marta! Después de saludar a Marta y a su marido volvimos al coche y aprovechamos para hacernos una bonita foto con la Sierra del Santo, su ermita y sus antenas al fondo.

Con la Sierra del Santo al fondo.

Después de inmortalizarnos nos despojamos de toda la ropa superflua para correr y nos fuimos hacia la línea de meta. Aún nos dio tiempo calentar un poco más y estirarnos antes de que dieran el pistoletazo de salida. Como iba sin ninguna pretensión salí bastante tranquilo e hice la primera vuelta sin esforzarme demasiado. Además, como no llevaba cronómetro, no tenía ni idea del ritmo que llevaba.

En la segunda vuelta vi que había una chica delante de mí que iba a buen ritmo y para fijarme un objetivo traté de alcanzarla. Y me costó lo suyo, porque en esa segunda vuelta por más que lo intenté no conseguía ponerme a su altura. Como hay un tramo en la carretera en que se cruzan los que van con los que vienen, miraba alucinando el nivel de la carrera ya que no sólo había chicos que iban a toda pastilla, que en categoría femenina se estaban partiendo la cara a una velocidad de vértigo. La china Dong Liu, ganadora de no sé cuantas ediciones de esta carrera, iba la quinta o la sexta o más retrasada. Ana del Cerro que cuenta sus participaciones por victorias también iba muy atrás. El nivel femenino era de órdago. Era Rocío Fernández quien iba en cabeza con ese correr tan elegante que tiene y que me enamoró la primera vez que la vi correr en el cross de Leganés. ¡Da gusto verla correr!

En pleno esfuerzo, foto cortesía de Juan Iniesto

Después de cruzarnos por última vez con los que iban por delante me dispuse a afrontar la última vuelta con mi objetivo a pocos metros. Eché toda la carne en el asador en la subida y conseguí sobrepasar a la chica que me precedía. Luego bajé como pude la empinada cuesta de la calle Velázquez, haciendo gala de mi mal bajar, y afronté la subida de la calle Callejas con energía, ya que me quedaban fuerzas de lo ahorrado en la primera vuelta.

Cuando pasé la línea de meta miré el reloj y vi que marcaba veinte minutos y pico y eso me puso feliz, me pareció una buena marca para mi pobre preparación. Luego en las clasificaciones vi que la marca oficial fue de 20:40.

Cogí una botella de agua y volví sobre mis pasos para ver si venía la amiga con la que me había desplazado hasta allí y no tardé mucho en verla, dispuesta a afrontar la última recta. La estuve animando para ver si podía alcanzar a la chica que iba un poco por delante, pero no fue posible, aún así entró también muy contenta con un tiempo oficial de 23:08.

Recogió su botella y nos fuimos al coche a cambiarnos, ya que hacía bastante fresco por allí. Volvimos al silo para ver las clasificaciones y comprobé que mi amiga había quedado sexta de su categoría, lo cual fue una mala suerte porque en esta carrera dan premio, que no es otro que aceite, hasta la quinta clasificada. Otra vez, al igual que el año anterior, se quedó a las puertas de llevarse una garrafa de aceite.

Nos volvimos al coche y antes de irnos fuimos a visitar a unos familiares que no viven lejos de allí. Me hizo mucha ilusión ver a mi tía, a la que hacía bastante tiempo que no veía. Después de la visita nos volvimos a casa y aunque mi amiga se había quedado a las puertas del premio, nos volvimos más felices que dos perdices.

Cuando llegué a casa miré las clasificaciones para ver el tiempo que nos habían dado y comprobé que mi amiga aparecía como quinta clasificada. ¡Menuda rabia! Se quedó sin subir al podium y sin garrafa. Afortunadamente con la ayuda de Aarón, de Evedeport y de Jesús Talavera, el concejal de deportes del ayuntamiento y de mi tío Jesús que fue a recogerla, pudo conseguir al menos la garrafa. No subió al cajón, pero el premio se lo llevó. ¡Muchas gracias a todos!

Media maratón de Colonia

Tengo un amigo que vive en Düsseldorf y mucha veces me ha animado a participar en la media de Colonia, pero le he ido dando largas un año tras otro… hasta éste. Y ahora me arrepiento de haber esperado tanto porque mi amigo ya no puede correr por problemas en sus rodillas, aunque su hijo ha cogido su relevo. Además no he podido elegir peor año porque la lesiones me han fastidiado la preparación y la misma carrera.

Si no tenía suficiente con la fascitis del pie derecho, en estas últimas semanas empecé con dolores en el dedo gordo del otro pie, que me hacía ver las estrellas cada vez que lo plantaba, así que la cosa no pintaba bien, pero como ya tenía pagada la inscripción, el vuelo y el apartamento no podía dejar de acercarme a esta ciudad corriese o no corriese. Volamos a Colonia el miércoles y estuvimos haciendo turismo por esta ciudad y por Bonn, antigua capital del gobierno federal, que está bastante cerca. Ambas ciudades muy interesantes de ver.

En vista de que no andaba muy fino decidí no correr nada esta semana hasta el día D para ver si mejoraba de mis dolencias, pero no sirvió de mucho porque en cuanto di los primeros pasos ya iba dolorido, pero pensé que podría aguantar el dolor durante 21 kilómetros, ¡eso no es nada!

Dormí mal la noche del sábado al domingo y cuando sonó el despertador a las seis de la mañana tenía bastante sueño, pero me levanté como pude, desayuné, me disfracé de corredor, metí en la mochila toda la ropa y salimos a la calle a coger el tranvía en la estación de Gutenbergstraße. Llegamos poco después de que saliera uno y nos tocó esperar veinte minutos al siguiente.

Habíamos quedado al otro lado del Rin a las ocho en punto de la mañana y llegamos por los pelos. Tuvimos suerte de encontrarnos con el amigo con el que había quedado porque había mucha gente por los alrededores de la salida y la cosa no era fácil, nos dio tiempo incluso a hacernos una bonita foto antes de salir.

Antes de la salida de la media de Colonia

Como se puede ver en la imagen, teníamos cada uno el dorsal de un color ya que nos habían colocado en distintos cajones. A mí me tocó el rojo, el primer cajón y cuando estaba buscando la puerta para entrar en mi cajón vi que varios alemanes se saltaban la valla del cajón como cualquier hijo de vecino. En ese momento se me cayó el primer mito respecto a los alemanes, ya que nunca hubiese esperado que esta gente tan recta y tan seria se saltase una valla. Resultaba curioso estar en el primer cajón y ver dorsales de colores variopintos.

Estaba esperando en el cajón mientras el speaker lanzaba sus arengas en perfecto alemán y debía decir cosas interesantes, pero a mí me parecía que estaba hablando en chino ya que no entendía ni jota. Luego me contó mi amigo que los alemanes cuando no entienden nada dicen que parece que me están hablando en español.

Dieron el pistoletazo de salida y salí lanzado, dejándome llevar por los otros corredores y por el terreno que era cuesta abajo, una de las pocas cuestas abajo que había en todo el recorrido. Esa cuesta abajo enseguida se convierte en cuesta arriba para atravesar el Rin por el puente Deutzer y cuando llegué al primer kilómetro miré el cronómetro y vi 4:38 lo que me pareció demasiado rápido para lo que había entrenado. Traté de aflojar, pero como había salido en el primer cajón la gente me llevaba casi sin querer. Miré el cronómetro en el segundo kilómetro y vi que marcaba 4:45 y volví a pensar que iba demasiado rápido, que debía aflojar un pelín y marchar a un ritmo de 4:50 que era lo que tenía en la cabeza. Pues nada, el tercer kilómetro lo hice más rápido aún que los dos primeros y decidí no volver a mirar el reloj, pero sí tratar de llevar un ritmo algo más conservador.

Cuando iba por el kilómetro cinco y pico me crucé con el primer clasificado de la carrera que iría por el ocho y ya marchaba claramente destacado de sus perseguidores. En esos momentos iba por un tramo debajo de un puente donde había su correspondiente bajadita y su pequeña subida, pero todo lo demás había sido muy llano y así lo siguió siendo hasta que volví a pasar por esa misma calle en sentido contrario.

Sobre el kilómetro trece había una animación tremenda porque por esa zona coincidía los que iban con lo que venían, cada unos por una parte de la calle, obviamente. Mientras que los que íbamos por el trece nos quedaba aún más de un tercio de carrera, los que venían de vuelta ya estaban casi en el diecinueve y estaban a punto de terminar. En esa zona el sonido era atronador y es que me di cuenta que los alemanes son más de hacer ruido que de animar de viva voz. Pude ver todo tipo de chismes ruidosos como carracas, cascabeles, panderetas, cencerros y alguna que otra batukada. No sé si clasificar también como «chisme ruidoso» un buen señor que se había bajado su órgano -el musical- a la calle y con ayuda de un micrófono y unos amplificadores estaba amenizando a los corredores y a los vecinos.

Pasado ese tramo vi que las piernas no iban tan ligeras como me hubiera gustado y las plantas de los pies también empezaban a molestarme lo suyo, aparte de la fascitis y el dolor del dedo gordo, que también me estaban martirizando.

En el kilómetro dieciséis pensé aquello de «ya sólo queda una vuelta al parque» pero vi que las piernas ya iban muy cansadas y que me costaba mantener el ritmo que había llevado en anteriores kilómetros. Un kilómetro después miré el cronómetro al que tenía olvidado casi desde el principio y vi que había hecho ese kilómetro casi a cinco minutos. Me pregunté si sería capaz de mantener ese ritmo hasta el final y me respondí a mí mismo que me iba a costar porque me notaba muy cansado.

Sobre el kilómetro diecinueve recibí los ánimos de mi amigo Juan Ignacio y traté de echar el resto ya que me encontraba muy cerca de meta, pero al poco me vino el bajón cuando entré en la zona adoquinada y los pies me dolían a lo bestia, de tal modo que si todos los anteriores kilómetros los había hecho por debajo de cinco, el penúltimo kilómetro que se me fue a 5:33 debido al dolor de pies y el cansancio.

La presencia imponente de la catedral de Colonia me infundió ánimos para llegar a la alfombra roja y acelerar un poco el ritmo con el que completar esos últimos 150 metros. Llegué a meta con un tiempo oficial de 1:42:06 contento porque en estos meses tuve muchos momentos de duda de que pudiese participar en esta carrera.

Estuve esperando a que entrase mi amiga, que había salido en el segundo cajón y después de esperar un rato llegó ella con un tiempo de 1:50:14 también muy contenta y también con los pies muy doloridos. Debe ser que el asfalto de Colonia está más duro que el de Madrid o que las zapatillas no eran las más adecuadas.

Había mucha humedad en Colonia por lo que sudé como una bestia. A eso sumado que en los puestos de avituallamiento no pude beber mucho porque daban vasos en vez de botellas, en la línea de meta estaba sediento y cuando llegamos a los puestos bebí todo lo que pillé: Coca Cola, zumo de manzana, agua con gas, cerveza sin alcohol, cerveza normal, tetrabrik de agua de coco y alguna cosa rara que no conseguí identificar. De comer también me puse fino porque había comida para dar de comer a todo el país y parte del extranjero. Que recuerde me metí para el cuerpo: frutos secos, una especie de morcilla con un trozo de pan, una especie buñuelo dulce, un trozo de pan similar a los típicos bretzels, barritas de cereales, tomate y probablemente alguna cosa más. Había muchas cosas más que no probé porque empecé a pensar que lo iba a acabar echando de tanta mezcla de comidas y bebidas. Desde luego en esto sí que fueron generosos los alemanes porque la camiseta tendrás que comprarla, pero si quieres reventar a comida, lo puedes hacer por los 60 € que me costó la inscripción.

Después de llenar el estómago recogí la mochila en un tiempo récord, ya que lo tenían perfectamente organizado y me dirigí a los camiones donde estaban instaladas las duchas. Fuera del camión, aprovechando que no hacía mal tiempo, dejé todos mis bártulos, me desnudé, me puse las chanclas, cogí la toalla y el bote de gel y me metí en el camión y la verdad es que aluciné. Dentro de camión habría unas veinte duchas todas en perfecto estado de revista con sus dos alcachofas y un grifo termostático que dejaba salir el agua a una temperatura y presión ideales. Fue un momento gozoso después de las penurias sufridas durante 21 kilómetros. Tan bien estaba que alargué un rato el tiempo de estar bajo el chorro porque en esos momentos estaba en la gloria sintiendo el chorro de agua sobre mi cocorota.

Brindando por el futuro con una buena cerveza alemana

Para terminar, diré que la cerveza típica de Colonia es la cerveza tipo Kölsch, que probé abundantemente y me pareció bastante rica; sin embargo, como los de Colonia y los de Düsseldorf andan algo picados, los de Düsseldorf dicen que la cerveza Kölsch se hace dando de beber a un caballo la cerveza de su tierra y embotellando su meada. Tengo la sensación de que los de Colonia opinan lo mismo de la Altbier que es la cerveza de los de al lado.

XII Carrera popular villa de Torrijos

Me acerqué a Torrijos porque ya estaba inscrito, pero estaba casi seguro de que no iba a participar porque había corrido el día antes 15 km y además de estar cansado me dolía el talón como lleva haciendo cinco meses ya; sin embargo salí de casa vestido de corredor y con el cronómetro en la muñeca, así que debía ser el inconsciente el que me empujaba a participar. De todos modos, la principal razón de que fuese a esta carrera era acompañar a una amiga que sí estaba dispuesta a participar aunque ella también tenía algunas dudas ya que estaba algo molesta con su rodilla.

Este año en Torrijos han echado la casa por la ventana y han homologado la carrera de 10 km, para ello han hecho alguna ligera modificación al habitual circuito ya que siempre he sospechado que en años anteriores la distancia no era de los 10 km que decían. Además han cambiado la zona de salida y meta a la plaza de San Gil, donde se ubica el nuevo ayuntamiento, que es un sitio más espacioso. Con eso han conseguido evitar los primeros metros, que siempre eran por calles estrechas y reviradas. No sé si por la homologación o por algún otro motivo, este año había más gente que nunca y entre la carrera de 10 km y la de 5 km había más de 700 personas, en una carrera que nunca había llegado ni a las 500.

Quizás debido a que había más participantes habían separado la carrera de 5 km de la de 10 km y por ello habían adelantado esta última a las diez de la mañana, una hora antes de cuando se celebraba en años anteriores. Eso hizo que nos tocara madrugar más y que a las 8:15 saliéramos de Madrid rumbo a esta localidad toledana. Llegamos pasadas las nueve y fuimos a recoger el dorsal, que lo entregaban en el patio del Palacio de don Pedro de Castilla. Al contrario que otras veces que era llegar y recoger el dorsal, esta vez me tocó esperar veinte minutos de cola para recoger el dorsal y la bolsa del corredor, que contenía un cortavientos, una crema de manos y una bolsa con cuatro láminas de lomo embuchado. Yo esperé veinte minutos porque mi apellido está entre la A y la M porque mi amiga tuvo peor suerte y tuvo que esperar en la otra fila, la de la N a la P, que iba más lenta aún. De este modo, cuando salimos con la bolsa en la mano eran ya menos cuarto y tuvimos que ir deprisa y corriendo a dejar las cosas en el coche y aplicarnos un poco de bálsamo de tigre, yo en mi talón y mi amiga en su rodilla.

Deprisa y corriendo, muy apurados, nos acercamos a la línea de salida y escuchamos que habían retrasado la salida a las 10:20 imagino que por las colas para recoger el dorsal. Me comentó una persona de la organización que desde el día anterior por la tarde se podía recoger el dorsal, pero que muy poca gente lo había hecho y todos los habíamos dejado para el día de la prueba. En mi descargo diré que venía desde Madrid y que recoger el dorsal el día antes no es una opción.

Ese retraso hizo que pudiéramos calentar un rato y encontrarnos con algunos conocidos torrijeños a los que saludamos. A alguno conozco porque en Torrijos estudié Bachillerato y COU hace ya unos cuantos años. No calenté mucho porque me encontraba bastante cansado y no era cuestión de cansarse más.

Había tres cajones en la salida y tanto a mí como a mi amiga nos tocó el cajón dos, no sé muy bien el motivo. Nos metimos en nuestro cajón, quitaron las cintas que dividían los tres cajones y se guardó un minuto de silencio por Julio Vicente Rey, padre del actual recordman nacional de maratón, Julio Rey. La gente fue muy respetuosa porque no se oía el más mínimo ruido durante ese minuto.

Dieron la salida y enseguida me vi cuatro o cinco metros detrás de mi amiga, con un cansancio de piernas exagerado pero aún así pasé el primer kilómetro por debajo de 5 minutos y lo más curioso es que según iba avanzando metros iba notando que las piernas iban mejor. El dolor en el talón ahí seguía, pero soportable. El segundo kilómetro lo hice en 4:42 porque veía que como no acelerase se me iba a ir demasiado y luego iba a ser imposible.

Al principio de la carrera, bien ataviado con mi camiseta de la Carrera del Zofío. Foto cortesís de tufotocorriendo.com

Mi amiga estaba encuadrada en la categoría Master 50 para mayores de esa edad y aunque no tenía muchas esperanzas de subir al cajón como el año anterior, su espíritu competitivo la lleva a pelear por ello. Sobre el kilómetro dos adelantó a una chica que sabía era de su edad y aunque estuvieron un buen rato una al lado de la otra, al final mi amiga consiguió irse por delante. Yo iba viendo la disputa algo más cómodo que cuando salí porque cada vez notaba las piernas mejor. Cuando consiguió desembarazarse de esta chica apareció otra por detrás que se puso a su altura y también estuvieron disputando la posición, ninguna quería ir detrás de la otra.

Sobre el kilómetro tres la carrera cambia de sentido y lo que se ha bajado hay que subirlo. El desnivel es mínimo, pero existe… como Teruel. Además este año en ese tramo, que era el más descubierto, soplaba un viento en contra bastante fuerte y dificultaba el avance. Fueron ochocientos metros duros. Luego aunque el sentido de la carrera es el mismo, ya se mete entre calles y se nota menos. Mi amiga y la otra chica seguían peleando entre ellas con uñas y dientes y llegaron al final de la primera vuelta con mi amiga algo descolgada de la otra. Algo debió espolearla porque a partir de ese momento aceleró de lo lindo, dio alcance a su rival y a mi me costó bastante recuperar los metros que perdí en su cabalgada. De hecho tuve que hacer un kilómetro en 4:39 para poder acercarme porque veía que si seguía a mi ritmo no la iba poder alcanzar.

Fue curioso porque cuando llegué cerca la animé con algún grito del tipo «vamos que vas muy bien» y estos ánimos en vez de conseguir que fuese mejor consiguió lo contrario. En ese momento aflojó el buen ritmo que llevaba. Me tenía que haber metido la lengua en el …

Poco después de este curioso incidente llegamos de nuevo a la zona ventosa donde el viento seguía soplando de lo lindo y ahora se notaba más porque ya el cansancio era mayor. Yo miraba de vez en cuando hacia atrás por si venía alguna competidora, pero no veía ninguna. Así llegamos a la plaza donde está la Colegiata con su adoquinado y ya sólo quedaba subir una ligera cuesta para llegar a meta donde entramos juntos con un tiempo oficial de 50:32 que le sirvió para auparse a la segunda posición de su categoría.

Para el podium habían montado un camión del copón con una pantalla enorme, todo muy profesional. Allí subieron para dar los premios algunos políticos y un corredor local que fue recordman de España de maratón. Hablo de Juan Francisco Romera que hizo un tiempo de 2:10:48 en la maratón de Londres del año 1990.

Mi amiga, componente del Club Atletismo Zofío, posando con su trofeo y su chorizo delante del Palacio de Pedro de Castilla, ahora el ayuntamiento de Torrijos.

III Carrera nocturna solidaria de Gerindote

Al igual que años anteriores, me acerqué a Gerindote, localidad toledana, a participar en la tercera edición de su carrera nocturna. Se trata de una carrera solidaria donde todo lo recaudado se destina a un bien social, este año el dinero iba destinado a la organización ATORDEM (Asociación Torrijeña de Esclerosis Múltiple). El principal objetivo de esta asociación es que las personas con Esclerosis Múltiple y otras enfermedades neurodegenerativas, tanto de Torrijos como de la comarca, puedan beneficiarse de terapias a precios reducidos cerca de su domicilio.

Lástima que para un fin tan solidario hubiese tan pocos corredores, pero había otras carrera ese mismo día en la provincia de Toledo y esta provincia tampoco es muy grande.

La carrera comenzaba a las 21:30, pero como llevaba ya unas cuantas horas por allí, sobre las ocho y media me acerqué a la plaza, ya que al lado del ayuntamiento daban los dorsales y la bolsa del corredor. Recogí mi dorsal y el de una amiga con la que me había acercado hasta allí y volví con las dos bolsas y nos cambiamos con bastante tiempo aún de antelación. Nos hicimos una bonita foto donde parece que estamos sujetando su dorsal, pero no, estaba bien prendido en el pantalón, lo puedo asegurar.

Esperando el comienzo de la prueba

Sobre la nueve y diez nos acercamos de nuevo a la plaza para tratar de localizar a Juan Carlos, del Club Atletismo Leganés, con el que había quedado. Dos años antes hicimos casi toda la carrera juntos y este año mi único afán era saludarlo porque mi entrenamiento era ciertamente escaso. Enseguida nos encontramos con él, nos estuvimos saludando y charlando un rato y a falta de quince minutos para el comienzo hicimos unos kilómetros de calentamiento por el circuito, que era el mismo que el del año pasado y el de hace dos años. Lo de calentamiento lo digo por decir algo porque a las nueve había más de treinta grados, aunque de todos modos, yo creo que hacía algo menos que el anterior que fue especialmente caluroso.

Nos pusimos en la línea de salida donde no seríamos ni cien corredores. Además de los corredores había también un grupo numeroso de personas que se disponían a dar realizar la marcha solidaria, que consistía en dar únicamente una vuelta, dos menos que los corredores.

Ya era de coche cuando a las nueve y media dieron la salida y enseguida me puse detrás de mi amiga con la idea de si no aceleraba demasiado no perder su rastro. Después de cuatro meses casi sin entrenar me daba por satisfecho si era capaz de aguantar su estela y si se iba el objetivo era tratar de mantener un ritmo cercano a los 5 min/km.

Yendo cuatro o cinco metros por detrás pude ver como mi amiga llegaba a la altura de una chica que parecía ser de su categoría, una categoría bastante amplia ya que sólo había seniors y veteranos y la edad «de corte» eran los cuarenta años. Pues bien, estas dos chicas estuvieron juntas bastante tiempo, pero podía ver que la «enemiga» iba más suelta en las subidas y eso era un hándicap para mi amiga ya que su talón de aquiles es precisamente la subida y éstas están casi al final de cada vuelta. Mi amiga lo tenía realmente difícil para poder ganar a esta chica.

Así fue, faltando cosa de un kilómetro la «enemiga» se fue alejando metro a metro y cuando llegó la subida se alejó aún más, llegando a meta con nueve segundos de ventaja. En ese último sprint también me quedé descolgado, llegando a meta con un tiempo oficial de 29:50 que coincide poco más o menos con el marcado en mi cronómetro.

Al final resultó ganadora en la categoría de veteranas la chica que fue con mi amiga, de nombre Silvia y del Club Mushing Toledo, por lo que mi amiga se tuvo que conformar con el segundo puesto de veteranas. No pudo llevarse el jamón como el año pasado, pero a cambio se llevó un queso de El Carpio de Tajo y seis botellas de cerveza Monkey, de la misma localidad donde se celebró la carrera, de Gerindote. Además tuvo suerte en el sorteo porque se llevó una bonita sudadera. Yo me tuve que conformar con un buen plato de migas que repartían para los corredores y para todo aquel que se quisiera acercar por la plaza y un par de piezas de fruta y una botella de agua. Eso sí, más contento que unas castañuelas porque poder volver a participar en una carrera popular no tiene precio.

XLII Maratón de Madrid

Como llevo haciendo estos últimos años, me presenté en la salida de la maratón de Madrid sin haber entrenado prácticamente nada para correr una maratón, aunque este año con el hándicap añadido de estar fastidiado del tendón de Aquiles de la pierna derecha. Por tanto, no tenía muy claro hasta donde podía llegar.

Tenía un sito en el cajón 2, lo que significaba que a las 8:50 nos teníamos que poner en marcha. Puse el despertador a las 6:15, estuve desayunando y como había quedado a las 7:20 en el Cercanías de Doce de octubre tenía pensado salir a las 7:00 de casa. A esa hora salí, pero cuando estaba en la calle me di cuenta que había olvidado mi móvil de pulsera, que había pensado llevar por si me retiraba, avisar a una amiga que me iba a esperar. Volví a casa, cogí el móvil y volví a bajar. De nuevo me di cuenta que había olvidado algo, esta vez el cronómetro, así que volví a subir. En estas estaba, subiendo y bajando, cuando recibí un mensaje de Ninfa de que si pasaban a recogerme y le dije que sí, porque ya no llegaba a la hora prevista ni de broma. Salí de casa, me recogieron a los pocos minutos y un poco más tarde estábamos aparcando el coche cerca de la boca del Cercanías de Doce de octubre. Cogimos el tren, hicimos trasbordo en Atocha y enseguida nos estábamos bajando en Recoletos. Yo había quedado a las 8:15 con mis antiguos compañeros de MaraT+D y aún quedaba bastante tiempo.

El ropero de la maratón era el más cercano a Cibeles, por lo que bajamos tranquilamente hasta allí, disfrutando del frescor matinal, que resultaba hasta agradable. Paré en un servicio a hacer mis necesidades y poco después dejamos la ropa en el ropero correspondiente y pusimos rumbo al Museo de cera, donde habíamos quedado. Por tomarnos las cosas con tanta calma, llegamos al punto de encuentro unos minutos más tarde, pero allí estaban los antiguos compañeros con los que estuvimos hablando tranquilamente y haciéndonos algunas fotos. Después nos deseamos todos buena suerte y partimos cada cual a nuestro cajón.

Con los antiguos compañeros maratidianos y algún extra

El cajón 2, el que teníamos asignado Ninfa y yo estaba bastante arriba, por lo que nos dimos un buen paseo, pasando por aseos en los que había bastante cola para utilizarlos. Mi compañera tenía ganas de entrar, pero al ver tanta gente no se decidía, hasta que llegamos a los servicios que estaban junto a la puerta del cajón 2 donde había menos gente y se decidió a entrar. Estuvimos unos minutos en la cola e íbamos viendo que el reloj se aproximaba a las 8:50 y no entrábamos, pero también veíamos que cada vez la gente acababa más pronto viendo la proximidad de su salida. Al final entramos los el uno y el otro y cuando nos metimos en el cajón faltaban escasos segundos para que dieran la salida. Dieron la señal y aún tuvimos que esperar un poco a que todo el mundo se pusiera en marcha y consiguiéramos pasar la línea de salida.

Salimos juntos pero enseguida noté que aunque no había corrido nada la última semana, el dolor en el talón derecho estaba ahí, me molestaba más de lo que yo pensaba, afortunadamente aunque el dolor me acompañó durante los 42 kilómetros, pude correr sin demasiados problemas. Ella había entrenado bastante más que yo y era tontería que yo fuese a su ritmo o que ella fuese al mío, así que traté de ajustarme a 5:30 que había fijado como ritmo de crucero y la vi alejarse metro a metro. Mucho mejor para los dos. En estos primeros kilómetros, que eran cuesta arriba, iba mirando el cronómetro para tratar de no ir más rápido de ese ritmo previsto y aún así alguno bajé de 5:30. Es lo que tiene la euforia inicial, que como te descuides vas más rápido de lo que debes.

Cuando llegué al punto más alto de la carrera, a la altura de las cuatro torres y para no obsesionarme con el ritmo pensé que lo mejor era ir pendiente de las pulsaciones, que no subieran nunca de 160, de modo que cambié la pantalla del GPS para ver únicamente las pulsaciones y olvidarme de los tiempos.

Bajé Bravo Murillo tratando de no acelerarme demasiado, llegué a Cuatro Caminos y giré a la izquierda por Raimundo Fernández Villaverde. Justo cuando cruzaba el puente sobre el Paseo de la Castellana vi que una de las zapatillas se había desabrochado, lo cual me extrañó porque estaba seguro que la había atado con doble nudo. Paré en el puente, até la zapatilla, apreté el doble nudo y apreté también el de la otra zapatilla. Fue un error porque el hecho de ir con las zapatillas tan apretadas hizo que con el paso de los kilómetros las dos uñas de los dedos gordos se pusieran moradas y me molestaran más que mi molestia original del tendón.

En estos kilómetros iban tan despreocupado de los tiempos y los kilómetros que en un momento dado me preguntó un corredor que esperaba a otro que cual era el kilómetro por el que íbamos y le dije que el ocho y pico, a lo que contestó que imposible, que no podía ser. Miré el GPS y vi que marcaba algo más de diez. Me comí dos kilómetros sin querer… Que luego me devolvieron con creces.

Al poco pasé por la estación de metro de Diego de León, donde me retiré el año pasado. Sonreí al pensar que este año al menos iba a hacer un tramo más largo que el pasado. Fue en ese momento cuando comenzó una maratón desconocida para mí porque nunca había pasado por esas calles corriendo y me pareció un tramo bastante duro. La subida de Velázquez, aunque estaba en el kilómetro 16 también se hace dura. El trocito de Serrano aunque corto, es duro. La calle Eduardo Dato, también es para arriba y Santa Engracia, también es en subida. Son unos cuantos kilómetros bastante duros, muy rompepiernas. En la esquina de la calle Serrano con el Paso elevado de Enrique de la Mata, al poco de que los de la media nos dejaran, fue muy emocionante porque me encontré con Juan, también maratoniano y ciclista al que hacía tiempo que no veía, que estaba animando en ese punto. No pude evitar pararme y darle un abrazo porque me hizo mucha ilusión verle.

Había quedado con mi madre en la calle San Bernardo, algo más abajo de Quevedo, a las 10:35, pero mientras iba corriendo pensé que había quedado a las 10:30, por lo que subiendo por Santa Engracia miré el reloj y vi que iba a llegar un poco tarde, así que aceleré subiendo por esa calle y seguí a buen ritmo por José Abascal y Bravo Murillo. Cuando llegué al punto donde habíamos quedado allí estaba mi madre esperando como sólo una madre puede hacerlo. Me dio una gran alegría encontrarla por lo que fui a por ella y la abracé y la besé mientras derramaba alguna lágrima por la emoción. Le dije que la quería y ella me dijo algunas palabras que me guardo para mí y que no creo que olvide mientras viva. Fue un momento no emocionante, sino emocionantísimo. Me dio un plátano, me despedí de ella y mientras iba por la calle San Bernardo buscando Gran Vía no conseguía detener mis lágrimas pensando en mi madre y en todo lo que representa.

Llegué a Gran Vía y allí vi a Elena y a Silvia, que me dieron gritos de ánimo y poco después en Callao me di de bruces con la media maratón. Miré el reloj y vi que llevaba 1h53, tiempo que me pareció bien, más o menos como en estas últimas maratones. Hice un examen de mi estado físico y vi que iba bien, pero no me dijo gran cosa porque he entrenado para una media y sabía que eso no me iba a suponer mucho esfuerzo.

Bajé por Preciados, subí por la calle Mayor y pensé que había menos gente y menos animación que otros años, lo cual no me extrañó porque al ser un sábado la participación es menor y el público también más escaso ya que mucha gente trabaja. Bajé la parte de Mayor que es favorable, giré a la derecha por Bailén y llegué a la Plaza de Oriente. Ese trozo de recorrido es adoquinado y empecé a notar dolores en las uñas de los pies, pero no lo di excesiva importancia, ya que poca cosa podía hacer sino aguantarme.

Subí por Ferraz donde cogí un trozo de plátano y una botella de agua, luego Rosales y el Paseo de Camoens hasta el Puente de los franceses. No iba mal por allí ya que el gran parte es favorable. En la Avenida de Valladolid, sobre el kilómetro 27, adelanté al bueno de Simba. Le pregunté que qué tal iba y me respondió que mal, que había estado con lumbalgia y que habían tenido que pincharle, que iba a llegar hasta el treinta donde le esperaban y que allí lo dejaría. Demasiado duró con ese problema, ya que yo, con un problema similar, me tuve que retirar el año antes en el diez. En ese tramo ya iba notando que tenía las piernas duras como rocas.

En la Glorieta de San Vicente estaba esperándome una gran mujer, que no sólo me hizo una bonita foto, sino que me acompañó una milla vestida de calle, dándome ánimos… Y haciéndome subir las pulsaciones por encima de las 170 cuando me había mantenido sobre 150 durante todos los kilómetros anteriores.

Chocando manos en la Glorieta de San Vicente

A la entrada de la Casa de Campo estaba mi cuñado esperándome, que iba a hacer conmigo esos últimos catorce kilómetros. Desde entonces fue dándome ánimos y cogiendo algunas botellas de agua y un líquido azul que creo era Powerade. Fue un error beber esa pócima porque me produjo unas molestias en las lumbares o cerca al beberlo, como si se hinchase la tripa y me produjese ese dolor. Muy raro.

Iba subiendo por la Casa de Campo rumbo al Parque de Atracciones y me seguía extrañando que las pulsaciones no bajaran de 170. Pensaba que bajarían después de llegar al punto más alto de la Casa de Campo, pero no fue así, seguían altas. Seguía sin mirar el ritmo al que iba, pero notaba que ya no era el mismo que llevaba antes de llegar a este bonito parque de Madrid. Entré en la Casa de Campo medio bien y salí medio mal. Había dejado casi todas mis fuerzas en estos seis kilómetros. La subida del metro de Lago me costó lo suyo, pero bajando la Avenida de Portugal vi que aún podía dar zancadas medio decentes, pensé que mal del todo no iba, pero me confundí porque en el Paseo de la Ermita del Santo me dejé las pocas fuerzas que me quedaban. Recordaba la última que pasé por este sitio que iba a un ritmo endiablado y esta vez no podía ni con las zapatillas. Seguía con las pulsaciones altas y pensé que a lo mejor el reloj no ajustaba perfectamente a la muñeca y estaba dando medidas erróneas. Lo puse un poco más arriba de la muñeca y lo apreté un poco más por si acaso. De todos modos pensé que ya iba tan mal que no iba a mirar ni las pulsaciones ni ninguna otra cosa. Me quedaban en ese punto seis kilómetros y sabía que ya era todo cuestión de sufrir y sufrir si quería llegar a meta.

Poco después en el Paso de la Virgen del Puerto me encontré con mi amigo Paco. Había coincidido con él en la Media de Madrid y pude comprobar que estaba muy bien de forma y me extrañó verle andando. Me puse a andar para preguntarle qué le pasaba porque le vi una carita… Me dijo que estaba un poco mareado y que estaba pensando en retirarse. Le animé porque estábamos cerca del 38 y si lo hacía se iba a acabar arrepintiendo, que andase un poco más hasta que se le pasase un poco y ver si luego podía ponerse a correr. Le dejé y me puse a trotar para afrontar la subida de la calle Segovia con «carrerilla». Hice casi toda la cuesta arriba corriendo, pero según iba subiendo iba notando que el tendón, que había sido una ligera molestia durante casi todo el recorrido, me iba doliendo más y más, por lo que decidí hacer los últimos metros caminando a buen ritmo y eso me alivió.

Subí la cuesta y me puse a trotar dispuesto a no volver a parar. Subí el Paseo Imperial al trote cochinero y al acabar la cuesta me dio mi acompañante un poco de Powerade que me sentó fatal, me empezó de nuevo a doler las lumbares y me tuve que parar a estirarlas un poco. Fueron unos segundos hasta que se me pasó. Comenzó la última bajada hasta el Paseo de las Acacias y desde ahí sabía que era todo cuesta arriba. No tiene mucha pendiente pero en esos dos últimos kilómetros cualquier subidita es como el Tourmalet. Seguí por ese tramo al trote cochinero, más lento aún del que había llevado en los últimos kilómetros y poco después de la Glorieta de Embajadores me adelantó Paco a buen ritmo. Me dio gran alegría ver que se había recuperado del desfallecimiento que tuvo quizás provocado por una deshidratación.

Llegué al kilómetro 41 y pensé sólo queda el kilómetro de gloria después de 41 de sufrimiento. Pero cuando vas tan mal, ni kilómetro de gloria ni nada, sólo queda seguir sufriendo. Llegué a Atocha, luego al Paseo del Prado y ya pude vislumbrar a lo lejos la pancarta de meta. Quise acelerar el paso, pero no podía de ninguna manera, así que me resigné a pasar la meta como iba, de aquellas maneras.

Paré el cronómetro poco después de pasar la línea de meta y vi que marcaba 3:56:45 aunque la organización me da 3:56:40. Un mal tiempo, pero esto no tiene truco, la maratón siempre te pone en tu sitio. No regala nada. Con esta maratón son ya 28 y lo más curioso es que coincide con mi carrera popular número 300. No está mal.